Salir con la ciudad

24 02 2008

Lo confieso, no lo sabía hasta esta tarde, pero tengo una amante.

Se llama, Madrid.

Lo dicen en un capítulo de Sexo en Nueva York, salir con la ciudad.

Sólo nos vemos un día a la semana, unas horas, pero son unas horas increíbles. Hay semanas en las que no puede ser, y otras en las que nos vemos también entre semana por motivos de trabajo. Pero en esas ocasiones nuestro encuentro suele ser algo distante, profesional.

Pero los sábados por la tarde no. Los sábados por la tarde me dedico a recorrer la ciudad, a vivir una apasionada historia de amor dentro de ella.

Visito algún museo, paseo por alguno de sus verdes parques, me tomo un café o meriendo algo en alguna de sus fantásticas cafeterías, paseo mientras observo a la gente que vive en ella. Comparto a Madrid con todos ellos, lo sé, me es infiel, pero como una amante increíble no puedo dejarla, y tengo que compartirla con ellos.

Cuando cae la noche, y los escaparates se encienden, los recorro con la mirada como un amante recorrería las joyas de su amada antes de desnudarla y vivir una intensa noche de amor con ella.

Lo confieso, tengo una amante. A veces es dura y cruel, pero otras es dulce y apasionada. Y amo todas sus facetas.





El árbol de los cuentos

9 12 2007

Sé que ninguno me creeréis, pero no importa. Lo que voy a contaros a continuación es algo que no es fácil de entender, y que muy pocos de vosotros comprenderéis.

Se trata de un árbol, un árbol muy especial que vivía detrás de mi casa, con sus ramas tocando las ventanas, agitadas por el viento y llamando mi atención en las noches de otoño.

Es un árbol mágico, porque es el árbol de los cuentos.
No sé a qué especie pertenecía, no creo que perteneciese a ninguna. Era único.

Lo que le hacía tan especial, tan mágico, era que, en las cálidas noches de verano, las tormentosas tardes de otoño, y las frías mañanas de invierno, el árbol nos contaba cuentos.

Eran cuentos únicos, especiales, que despertaron en mí el amor por las historias. Las buenas historias. Gracias a él mi hermano y yo encontramos el amor por la lectura, siempre buscando más. Siempre encontrando buenos cuentos que contarle al árbol, una especie de pago por todas las historias que el viento y sus hojas nos habían traído.

Como la del dragón enamorado de la luna, la del barco hundido que volvía una vez cada cien años a surcar los mares, libre por una noche de su prisión de agua, o la del tesoro que se guarda dentro de un ánfora en el Museo Arqueológico. Un tesoro que nadie puede ver, pero que puede olerse.

Cuentos que evocaron en nuestra febril imaginación historias que siempre recordaré, algunas de ellas parte ya de mí. Y que nunca me abandonarán.

Crecimos con él, y no pudimos salvarle.

Ahora, el árbol ya no está físicamente, lo talaron para construir un aparcamiento. Todavía siento su presencia llamándome a intentar impedir que segasen su vida, y sus cuentos.

No pude hacerlo, y el fracaso me perseguirá toda la vida. Aún echo de menos los cuentos que, gracias al viento, me llegaban desde ese solitario árbol.





No te lo vas a creer

5 08 2007

Pero me ha pasado algo alucinante.

Estaba mirando la tormenta desde mi ventana, cuando, al mirar al cielo, he visto un claro entre las nubes.

El sol se colaba por él, cayendo como una olumna inclinada sobre la tierra.

Lo más extraño era que, más allá del claro en el cielo, me ha parecido ver una figura que se asomaba como mirándonos. Era sólo una sombra esquiva, pero la he podido entrever antes de que desapareciese, allí arriba, entre las nubes, el rayo de sol y la limpia lluvia.

Tenía cuernos y parecía reir.